
– Quiero que desaparezca -susurró.
¿Pero cómo hacer que eso ocurriera? Hasta que no había descubierto la verdad, él había sido la mejor noche de su vida.
Y también había sido persistente. La había llamado tres veces y le había enviado una cesta con bombones, vino y la primera temporada de La isla de Gilligan en DVD.
Colocó una mano sobre el cristal. Las cosas tenían que mejorar. No podía recordar a Ryan para siempre. Era una cuestión de disciplina y, tal vez, de un poco menos de café.
Se dio la vuelta para regresar al escritorio, pero no lo consiguió exactamente. Al dar un paso, toda la habitación comenzó a dar vueltas.
Lo primero que pensó fue que se trataba de un terremoto, pero no hubo ningún ruido. Lo segundo que pensó fue que jamás se había sentido tan mareada en su vida. Agudizó la visión y se dio cuenta de que era probable que fuese a desmayarse.
Consiguió llegar hasta su silla y allí se derrumbó. Tras respirar profundamente, la cabeza se le despejó, pero entonces fue el estómago el que empezó a rebelarse.
Pensó en lo que había comido y se preguntó si habría tomado comida en mal estado. Al descartar esa posibilidad, consideró una posible gripe. Aún no era la época, pero podía pasar.
¿No habría algún medicamento que pudiera tomar para disminuir los síntomas? Miró la pila de trabajo que le esperaba, descolgó el teléfono y marcó un número muy familiar.
– Hola, mamá, soy yo. Estoy bien. Más o menos. ¿Hay alguna oleada de gripe por aquí?
– ¿Cómo te sientes? -le preguntó su madre dos horas después mientras Julie se sentaba en una de las consultas del doctor Greenberg. Una de las ventajas de que Naomi fuera la gerente de la oficina era que Julie y sus hermanas nunca tenían que esperar para conseguir una cita.
La habían pesado, le habían sacado sangre y hecho un análisis de orina.
