– Me siento extraña -dijo Julie-. Mareada, pero bien. Sigo teniendo ganas de vomitar, pero no lo consigo.

– Pobrecita -dijo Naomi mientras le ponía la mano en la frente a su hija.

– Tengo veintiséis años, mamá. No soy una niña.

– Para mí siempre serás mi pequeña. Deja que te traiga algo con gas. Eso te asentará el estómago.

Julie vio cómo su madre desaparecía. Las tres hermanas habían heredado el pelo rubio y los ojos azules. Julie y Marina habían heredado la altura de su padre, mientras que Willow era pequeña.

En su clase de ciencias del instituto, Julie se había sentido fascinada por cómo dos personas podían haber engendrado a tres hijas tan parecidas en algunos aspectos y tan distintas en otros.

– Aquí tienes -dijo su madre al regresar, entregándole un vaso de cartón-. El doctor Greenberg estará aquí enseguida.

En ese momento, el hombre entró en la sala.

– Julie, ya no vienes a verme -dijo-. ¿Qué pasa? ¿Ahora que eres una importante abogada no tienes tiempo para un simple médico?

– Me muevo en círculos muy selectos -dijo ella con una sonrisa.

Su madre salió de la habitación y el doctor Greenberg le estrechó la mano a Julie y le dio un beso en la mejilla.

– ¿Así que río te sientes demasiado bien? -preguntó.

– No sé. Es extraño. No sé decir si es comida en mal estado o gripe. Pensé que usted podría decírmelo y recetarme algo.

– No todo se soluciona con una pastilla, jovencita.

Julie señaló la manga larga de su blusa de seda y dijo:

– ¿Esto me hace parecer joven? Primero mi madre y ahora usted. ¿Parece que tengo dieciséis años?

– Te estoy dando una charla -dijo él-. Podrías escuchar y fingir que te intimidas.

– Ah. Lo siento.

– Vosotras las chicas… -dijo el doctor, sentándose en una silla.

Julie sonrió.

El doctor Greenberg llevaba en sus vidas desde siempre. Era un viudo agradable y cariñoso. Cuando Julie había descubierto que su padre aparecía y desaparecía constantemente, había comenzado a desear que su madre se divorciara de él y se casara con el doctor Greenberg.



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