
– Debe de haber echado un ojo a tus finanzas y se habrá dado cuenta de que es mucho dinero.
– Cállate -dijo Ryan sin mirarlo-. Sí, Mandy, dile que pase.
Segundos más tarde, Julie entró en la sala. Estaba preciosa, alta, rubia, con sus ojos azules. En ese momento, esos ojos mostraban una combinación de ira controlada y de odio.
– Buenos días -dijo ella en voz baja y sexy, como la que tenía cada noche en sus sueños. El traje azul marino que llevaba ocultaba más de lo que mostraba, pero Ryan recordaba las curvas que había debajo.
Julie miró a Todd, y dijo:
– Os parecéis lo suficiente como para que sepa quién eres. El infame Todd Aston III. Es mi día de suerte. Dos sabandijas por el precio de una. El mentiroso y el hombre que tiene miedo de hacer su propio trabajo sucio. Vuestras madres deben de estar orgullosas.
– No esperaba verte de nuevo -dijo Ryan.
– Es una cuestión de echarte el lazo -dijo Todd-. ¿Verdad?
– Me preguntaba por qué tu tía creía necesario ofrecer dinero para que alguien se casara contigo -dijo Julie-. Pensaba que la razón sería algún defecto físico, pero ahora me doy cuenta de que el fallo está en tu personalidad. Eso es mucho más difícil de arreglar entonces miró a Ryan- Tengo que hablar contigo en privado. Ahora me viene bien.
Todd se puso en pie y levantó ambas manos.
– Me marcho -le dijo a Ryan-. Más tarde podrás tratar de explicarme qué era exactamente lo que echabas de menos.
Y, sin más, se marchó. Ryan señaló la silla vacía, al otro lado de la mesa.
– Siéntate -dijo.
Julie vaciló un instante, pero obedeció. La rabia que salía de su cuerpo era palpable.
– Te he llamado -dijo él, sabiendo que no serviría de nada.
– Recibí los mensajes.
– ¿Y la cesta?
– No he venido por eso.
– No me diste las gracias.
– ¿Perdón? Eres tú el que mintió. ¿Diste por hecho cosas horribles sobre mí y me mentiste sobre quién eras y ahora intentas hacerme sentir culpable porque no te envié una nota de agradecimiento?
