
Pero no podía estar disgustada. Incluso con Ryan allí mirándola, no podía sentirse infeliz. No con el hecho de tener un bebé.
– No estaba segura de si debía decírtelo -dijo ella- llevo debatiéndome los dos últimos días. Pero eres el padre y tienes derecho a saberlo. Para dejar las cosas claras, pienso tener el bebé.
– Me alegro.
– Puedes firmar y renunciar a tus derechos y yo asumiré toda la responsabilidad -dijo ella, preguntándose si él lo haría. Era el camino fácil, el más práctico. Muchos hombres saltarían ante esa posibilidad. Una semana antes, incluso ella habría saltado.
Pero algo había sucedido. En cuanto el doctor Greenberg le había dicho que estaba embarazada, su corazón prácticamente había explotado de alegría. Nunca antes había pensado mucho en tener hijos. Era algo lejano. Pero saber que había una vida creciendo dentro de ella había hecho que todo cambiara. En ese preciso momento se había dado cuenta de que su vida tenía sentido.Un bebé. No, un milagro.
– No -dijo él-. Yo seré el padre de mi hijo.
– No tienes que hacer esto para quedar bien -dijo ella- Nadie tiene por qué saberlo.
– Seré el padre de mi hijo -repitió Ryan-. Lo deseo.
Tenía buen aspecto. Demasiado bueno. Julie odiaba encontrarlo aún tentador. Quería inclinarse hacia él para besarlo. Quería aspirar su olor y tocar su cuerpo. Deseaba que la parte mala de su anterior encuentro desapareciera para poder volver a revivir lo bueno.
– Obviamente, tendremos que encontrar la manera -dijo ella-. Dado que estoy de menos de un mes, tenemos tiempo de pensarlo.
Se puso en pie y sacó una tarjeta del bolsillo de la chaqueta. La había guardado ahí antes y había escrito su número de casa en el reverso. Por supuesto, había albergado la esperanza de que Ryan renunciase a su hijo, pero, teniendo en cuenta su suerte, no le había parecido muy probable.
