
– No hay parentesco -dijo ella-. Ella era la segunda esposa de tu tío abuelo. No tuvieron hijos en común. Se aseguró de que eso quedaba claro. ¿No te lo dijo?
– No -dijo Todd, apartando la mano-. No lo hizo.
– Pues ya lo sabes -hablando de su abuela Ruth, iba a tener que darle las gracias cuando llegase a casa.
– Ya lo sé -se puso en pie y le ofreció la mano.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella.
– Invitarte a bailar.
– Aquí no se puede bailar -dijo ella, permaneciendo firmemente en su asiento.
– Claro que sí. Y, ahora que sé que no somos primos, vamos a bailar.
Julie se encontraba dividida entre hacer el ridículo y presionar su cuerpo contra él. Porque, tras pararse unos segundos, podía oír una suave música de fondo. Parecía agradable, pero no era tan tenta¬dora como el hombre que tenía enfrente.
– ¿Vas a hacerme rogar? -preguntó él.
– ¿Lo harías?
– Quizá -contestó, sonriendo.
Julie se puso en pie y le dio la mano. Él la condujo a la parte trasera del restaurante, donde tocaba la orquesta y varias parejas bailaban.
Antes de que pudiera darse cuenta, Todd la presionó contra su cuerpo y le colocó la mano en la cintura. Ella le acarició el hombro con los dedos.
Mientras sus muslos se rozaban, Julie advirtió que era un hombre musculoso y fuerte. No estaban lo suficientemente cerca para que sus pechos se rozaran, pero de pronto sintió el deseo de restregarse contra él como una gata solitaria.
– Hueles bien -murmuró él.
– Tóner de fotocopiadora -dijo ella-. ¿Te gusta? Hoy he tenido que cambiar el cartucho.
– ¿Es que no puedes aceptar un cumplido?
– De acuerdo. Gracias.
– Mejor -dijo él con una sonrisa-. No eres fácil.
– Ese es un cumplido que sí puedo aceptar.
– ¿Te gusta ser difícil?
– A veces. ¿A ti no?
Todd movió la mano desde su cintura hasta su espalda.
