
– A veces -dijo, repitiendo su respuesta.
– No te gusta que la gente asuma cosas sobre ti -dijo ella, mirándolo a los ojos.
– Tú las has hecho.
– Tú también. Estamos empatados.
– Más que empatados, Julie. Estamos bien.
Y, con eso, Todd bajó la cabeza y la besó. Fue algo inesperado, pero delicioso. Julie sintió cómo el estómago se le contraía y sus pechos empezaban a palpitar.
El se apartó y se aclaró la garganta.
– Probablemente deberíamos volver a la mesa y pedir la cena -dijo- Ya sabes, hay que ser responsable.
Por un instante, Julie estuvo a punto de preguntarle cuál era la alternativa. ¿Qué pasaría si seguían bailando, tocándose y besándose? Sin embargo, tenía la sensación de que ya conocía la respuesta a esa pregunta.
Demasiadas cosas, demasiado pronto, se dijo a sí misma mientras se separaban. No había tenido una cita en mucho tiempo e ir despacio tenía más sentido. Aunque ese hombre era verdaderamente tentador.
Caminaron de la mano mientras regresaban a la mesa.
– No me has dicho por qué estás aquí -dijo él cuando se sentaron-. Ya te he dicho que mi tía Ruth me pidió que viniera. ¿Cuál es tu excusa?
¿No lo sabía? ¿En serio? Aquello se ponía interesante.
– Mi madre y su madre han estado separadas durante años. Ruth apareció en nuestras vidas hace un par de meses. Mis hermanas y yo no la conocíamos. Nuestra madre ni siquiera la había mencionado. La semana pasada, durante la cena, Ruth dijo que tenía un sobrino maravilloso y sugirió que una de nosotras saliese contigo.
– Interesante.
– Más que interesante. Nos ofreció… no es importante.
– Claro que lo es.
– Te sentirás insultado.
– Puedo asumir la verdad -dijo él- ¿Qué os ofreció?
– Dinero.
– ¿Te paga para que salgas conmigo?
– Oh, no. Las citas son gratis. Pero, si me caso contigo, me da dinero. Un millón de dólares. Para mí, mis hermanas y mi madre. Muy bueno, ¿eh?
