
– Creí que me habías dicho que no habían podido encontrar a nadie con tan poca antelación -fue tan incisiva, que lo sorprendente es que no se hubiera cortado con su propia lengua.
– Creo que lo que dije exactamente fue que sería «difícil» que encontraran a alguien con tan poca antelación.
– ¡Vaya, ya te salió la vena de abogado!
– No te quejes tanto, Carrie. Pago las facturas con el dinero que me da mi profesión, y muchas de ellas están a tu nombre.
Carrie no se dio por vencida, y decidió cambiar de táctica.
– ¿No podrías llamar a la empresa y preguntarles si todavía pueden encontrar a alguien?-, le suplicó con tono lastimero.
– ¿Ahora mismo? Corrígeme si me equivoco, pero teniendo en cuenta que aquí es mediodía, imagino que en Londres será medianoche. No creo que la agencia…
– Mañana entonces -insistió, a pesar de la evidente falta de interés de su tío-. Podrías llamar mañana.
– Podría hacerlo, pero, ¿para qué? -respondió tenso a su sobrina de dieciocho años-. De todos modos no creo que tengas bastante dinero para recorrerte Europa con la mochila a cuestas, o de lo contrario no habrías aceptado cuidarme la casa en verano, ni por cierto estarías haciendo llamadas de larga distancia desde mi teléfono.
– Es muy tarde -le recordó-. Tarifa económica. Por cierto, esa era la otra cosa de la que tenía que hablarte.
– ¿De qué?
– De dinero. He pensado que, tal vez me podrías hacer un préstamo hasta que mamá entre en razón.
– ¿Para que recorras Europa como una vagabunda? ¿Estás loca? A tu madre le daría un ataque. Olvídalo -Europa tendría que permanecer como un sueño para ella aquel verano-. Saca buenas notas en tus exámenes de noviembre y te prometo pagarte unas vacaciones de esquí en navidades. Mientras tanto, te sugiero que emplees los meses que te quedan hasta entonces para estudiar sin parar.
