
– ¿Cómo puedes ser tan tacaño?
– Es cuestión de práctica, cariño -le respondió, pensando que él había tenido mucha, porque algunas mujeres no captaban las indirectas a la primera-. Dime, ¿cómo están mis preciosos ficus? Espero que no se te esté olvidando pulverizarlos. Con agua templada, recuerda.
– Está bien, lo haré ahora mismo. Las pulverizaré con agua templada, y después las sacaré de los maceteros y les cortaré las raíces -le dijo, y después colgó el teléfono.
Patrick se echó a reír. Las plantas no le preocupaban demasiado. Había sido idea de su madre, artífice de sus complicados cuidados. Su hermana le había pedido que dejara a su hija al cuidado de su casa mientras que él se encontraba en el Lejano Oriente, porque según ella, lo que Carenza necesitaba era adquirir alguna responsabilidad, ver que se confiaba en ella y, sobre todo, conseguir que se quedara en Londres para que estudiara. Y, muy a pesar suyo, Patrick había accedido, porque sabía que no podía dejar la casa sola durante todo el tiempo que preveía iba a durar aquel difícil caso; pero, al parecer, dos meses pulverizando las plantas había acabado con las ganas de Carrie de asumir responsabilidades, sobre todo ahora que sabía que sus amigas se marchaban a Europa.
Jessie cerró el grifo de la ducha. Alguien parecía haberse quedado pegado al timbre, y si no era así, tendría que tener una buena razón para montar todo aquel jaleo.
– Muy bien. Ya voy -gritó. Se puso el albornoz, y después se enrolló el pelo con una toalla, antes de dirigirse hacia la puerta.
Mientras descorría el cerrojo, los timbrazos cesaron, aunque para entonces ya deberían haber despertado a la mitad de la vecindad, lo que no la convertiría en la Miss Popularidad de Taplow Towers a las seis y media de la madrugada.
Abrió la puerta unos centímetros, con la cadena aún echada y no vio a nadie. Pero, de repente miró hacia abajo, y se encontró con la mirada de Bertie. Una mirada que hubiera derretido un témpano de hielo.
