Era obvio que su sobrino, por muy inteligente que fuera no podía tocar el timbre, así que abrió la puerta del todo y buscó a su hermano y cuñada.

– ¡Faye, Kevin! ¿Ha pasado algo malo? -preguntó.

Los padres del bebé brillaron por su ausencia. Lo único que encontró fue una nota, pegada a la puerta, con la letra de Kevin.

La despegó y se la acercó a los ojos. No podía dar crédito a lo que creía estar leyendo, así que buscó las gafas en el bolsillo del albornoz.

Por favor, cuida de Bertie. Te lo explicaremos todo a nuestro regreso.

Con cariño, Kevin y Faye.

¿Regresar? ¿Regresar de dónde? Algo malo debía de haber pasado.

De repente oyó abrirse la puerta del ascensor, tres pisos más abajo.

– ¡Kevin! -lo llamó desde lo alto de la escalera-. ¡Espera!

Ya había empezado a bajar las escaleras, cuando la voz reprobadora de su vecina de abajo la detuvo.

– ¿Le sucede algo, señorita Hayes?

En el ordenado mundo de Jessie nunca pasaba nada que se saliera de lo normal, porque procuraba resolver los problemas en cuanto se presentaban, y hasta se anticipaba a ellos. Además en aquellos tiempos procuraba evitar a toda costa los emocionales.

A unos centímetros de ella, Bertie gimió y, de repente, se dio cuenta con desesperación de que se le acababa de presentar un serio problema, porque Taplow Towers era un oasis de tranquilidad, donde no se permitían perros, ni niños, excepto para visitas cortas, y durante el día.

Dorothy Aston, presidenta de la comunidad y con una agudeza auditiva propia de un murciélago, levantó la cabeza al oír gemir de nuevo a Bertie, en lo que Jessie se temía que fuera el preludio de algo mucho más escandaloso.

– ¿Qué fue eso? -preguntó.

– Nada -se apresuró a decir Jessie, aclarándose la garganta-. Llevo unos días un poco acatarrada. Siento mucho lo del ruido, pero estaba en la ducha y no pude llegar a la puerta a tiempo -le mostró la nota, para probar lo que decía-. Era mi hermano Kevin. Me ha dejado una nota -acto seguido, para evitar que la mujer tuviera tiempo de seguir preguntando, tosió de nuevo, y tras ajustarse el albornoz al cuerpo, le dijo con una sonrisa-: Perdone, pero creo que he dejado el grifo de la ducha abierto.



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