Las mujeres Bingley eran debidamente reservadas, mientras que Charles era, sin lugar a dudas, una persona muy sociable. La senora Hurst y la senorita Bingley eran elegantes en su forma de vestir y su manera de comportarse. Charles era… Bueno, ahora se vestia de manera moderna pero discreta -Darcy habia logrado influenciarlo al menos en ese aspecto-, pero seguia teniendo una desafortunada propension a tratar a cualquier persona que acabaran de presentarle como si fuera un amigo intimo. Las hermanas Bingley no se impresionaban con facilidad e irradiaban un estudiado aburrimiento ante todo lo que no se incluyera entre las diversiones mas exclusivas; su hermano, en cambio, disfrutaba con todo.

Precisamente este caracter euforico habia convertido a Charles en objeto de varias bromas crueles por parte de los caballeros mas sofisticados de la ciudad y, por esa razon, Darcy se habia fijado en el. Al ser testigo involuntario de la planificacion de una de tales humillaciones durante una partida de cartas en su club, Darcy oyo lo suficiente como para enfadarse y tomar la decision de buscar al infortunado joven para advertirle que tuviera cuidado con aquellos que el consideraba sus amigos. Para sorpresa de Darcy, lo que comenzo como un deber cristiano se fue transformando en una gratificante amistad. Desde entonces, Charles se habia convertido en la primera persona a la que visitaba en la ciudad, pero todavia habia momentos, como este, en los que perdia la esperanza de llegar a inculcar en el una apropiada discrecion.

– Entonces, ?entramos? -pregunto Charles, tan pronto se puso a su lado-. La musica parece esplendida y yo espero que las damas tambien lo sean. -Se dio la vuelta y le ofrecio el brazo a su hermana soltera-. Vamos, Caroline, conoceremos a nuestros nuevos vecinos.

Darcy se coloco en segundo plano, dejando paso a los Bingley, que entraban ya en el pequeno vestibulo y subian las escaleras hasta el piso del salon de baile.



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