Tras despojarse ellos de sus sombreros y las damas de sus capas, Bingley, su cunado, el senor Hurst, y Darcy escoltaron a las damas hasta la entrada, donde se detuvieron para examinar los detalles del salon y de sus rusticos ocupantes. Desafortunadamente, en ese momento la melodia tambien llego a su fin y los que estaban bailando ejecutaron el ultimo paso de la danza, lo que provoco que todas las miradas se dirigieran hacia la puerta. Durante unos pocos y tensos instantes, la ciudad y el campo se evaluaron mutuamente y llegaron a una vertiginosa serie de conclusiones.

Darcy empujo suavemente a Bingley hacia el interior de la estancia, mientras los bailarines comenzaban a abandonar la pista en busca de refrescos y comentarios. Podia sentir sobre el los ojos de todo el mundo y se preguntaba como habia podido dudar alguna vez de la vulgaridad de los modales provincianos. Era tan terrible como habia temido. El salon se habia convertido en un hervidero de especulaciones, y el y los Bingley parecian ser examinados con detalle hasta la ultima guinea. Casi podia oir el tintineo de las monedas, a medida que los ocupantes del salon calculaban su fortuna. En el transcurso de pocos minutos, el hombre al que Darcy suponia que debia culpar por la invitacion al baile de esa noche se dirigio apresuradamente hacia ellos. Haciendo una inclinacion unos grados mas pronunciada de lo necesario, estrecho la mano de Bingley de manera vigorosa.

– Bienvenido, bienvenido, senor Bingley. Sean bienvenidos usted y todos sus distinguidos acompanantes -exclamo sir William Lucas, mientras los miraba a todos con una gran sonrisa-. Nos sentimos muy honrados con su presencia en nuestra pequena fiesta. Desde luego, estamos todos ansiosos por conocer a sus respetables invitados… -Sir William dejo la frase en suspenso, mientras miraba expectante a Darcy y a las hermanas Bingley.

Con gran entusiasmo, Bingley hizo las presentaciones reglamentarias. Darcy respondio al saludo del adulador hombrecillo con una simple inclinacion de cabeza.



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