
Hillier pensó que era muy propio de Malcolm responsabilizarse de las flaquezas ajenas.
– Refréscame la memoria sobre la última pelea. Fue aquél caso de Yorshire, ¿verdad? El de los gitanos implicados en un asesinato.
Webberly asintió.
– Nies está al frente de la policía de Richmond. -Suspiró profundamente, olvidando por un momento lanzar el humo de su cigarro hacia la ventana abierta. Hillier se esforzó por no toser. Webberly se aflojó el nudo de la corbata y acarició distraídamente el cuello raído de su camisa blanca-. Hace tres años mataron allí a una gitana vieja. Los hombres de Nies son meticulosos, tienen en cuenta hasta el último detalle. Hicieron una investigación y detuvieron al yerno de la vieja. Al parecer, discutieron por la propiedad de un collar de granates.
– ¿Granates? ¿Dónde lo robaron?
Webberly meneó la cabeza y depositó la ceniza de su cigarro en el mellado cenicero metálico que reposaba sobre su mesa. Estaba demasiado lleno y las cenizas de muchos cigarros anteriores se levantaron como polvo que se depositó sobre papeles y cartas.
– No lo robaron. Era un regalo de Edmund Hanston-Smith.
Hillier se inclinó hacia delante.
– ¿Hanston-Smith?
– Sí, te acuerdas ahora, ¿verdad? Pero ese caso ocurrió después de todo esto. El hombre detenido por el asesinato de la vieja creo que se llamaba Romaniv- tenía una esposa, de unos veinticinco años y bonita a la manera en que sólo pueden serlo esas mujeres: morena, de piel olivácea, exótica.
– ¿Lo bastante atractiva para encandilar a un hombre como Hanston-Smith?
– Desde luego. Ella le hizo creer que Romaniv era inocente. Pasaron algunas semanas… Romaniv aún no había sido llevado ante los tribunales. La mujer convenció a Hanston-Smith que era preciso reabrir el caso, le juró que les perseguían sólo por su raza gitana y que Romaniv había estado con ella durante toda la noche de autos.
