Su mujer era perfecta: abnegada, compañera intelectual, madre amorosa y una delicia sexual. Admitía que ella era el mismo centro de su existencia y que sus tres hijos eran meros objetos tangenciales, agradables y divertidos, pero sin verdadera importancia, comparados con Laura. Recurría a ella -le dedicaba su primer pensamiento por la mañana y el último por la noche- prácticamente para todo cuanto necesitaba en la vida. Y ella satisfacía todas sus necesidades.

El caso de Webberly era diferente: su carrera avanzaba despacio, con la pesadez que lo caracterizaba, no era brillante pero sí cauta, llena de innumerables éxitos cuyo mérito no solía atribuirse, pues Webberly no tenía las dotes de animal político necesarias para triunfar en el Yard, y así, en su horizonte profesional no descollaba la seductora posibilidad de que algún día le honraran con un título de caballero, lo cual ocasionaba una tensión enorme en el matrimonio Webberly.

Saber que su hermana menor era lady Hillier impedía a Frances Webberly reconciliarse con su situación, y así había pasado de ser un ama de casa complaciente y tímida a una trepadora social de las más agresivas. Organizaba fiestas, cenas y cócteles que la economía familiar apenas podía sostener, e invitaba a personas por las que no tenía ningún interés, pero que ella consideraba imprescindibles para la ascensión de su marido a la cumbre. Los Hilliers asistían fielmente a las fiestas, Laura por una triste lealtad hacia la hermana con la que ya no podía comunicarse afectivamente, y Hilliers para proteger a Webberly lo mejor que pudiera de los comentarios incisivos y crueles que Frances solía hacer públicamente sobre la deslucida carrera de su marido. Hilliers pensaba, con un escalofrío, que aquella mujer era una encarnación de lady Macbeth.

Webberly respondía a la pregunta de su colega.


– No, no tengo problemas en casa. Lo único que ocurre es que creía conocer bien a Nies y Kerridge, desde hace años. Resulta desconcertante que ahora se produzca un enfrentamiento.



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