
– Imagino que sus encantos facilitaron la verosimilitud.
Webberly esbozó una sonrisa. Aplastó la colilla de cigarrillo en el cenicero y entrelazó sus manos pecosas sobre el estómago, de modo que ocultaron eficazmente la mancha de su chaleco.
– Según el testimonio del ayuda de cámara de Hanston-Smith, la buena señora Romaniv no tuvo dificultad para lograr que un hombre de sesenta y dos años estuviera atareado durante toda la noche. Recordarás que Hanston-Smith era un hombre de influencia política y riqueza considerables. No fue arduo para él convencer a la policía de Yorkshire para que tomara cartas en el asunto, y así Rubin Kerridge, que aún es el comisario jefe de Yorkshire, a pesar de todo lo ocurrido, ordenó que se reabriera la investigación de Nies y, para empeorar las cosas, ordenó la puesta en libertad de Romaniv.
– ¿Y cómo reaccionó Nies?
– Al fin y al cabo, Kerridge es su oficial superior. ¿Qué podía hacer? Nies montó en cólera, pero liberó a Romaniv y ordenó a sus hombres que empezaran de nuevo.
– Se diría que si la liberación de Romaniv hizo feliz a su esposa, puso un fin prematuro a la alegría de Hanston-Smith -observó Hillier.
– Naturalmente, la señora Romaniv se sintió obligada a expresar a Hanston-Smith su agradecimiento del modo al que él se había acostumbrado tanto. Durmió con él por última vez, hizo deslomarse al pobre tipo hasta la madrugada, si no me equivoco, y entonces hizo entrar a Romaniv en la casa. – Webberly alzó la vista al oír unos recios golpes en la puerta-. Lo demás es una historia sangrienta. Entre los dos asesinaron a Hanston-Smith, se apoderaron de todo lo que podían llevarse, fueron a Scarborough y antes de que se hiciera de día estaban fuera del país.
– ¿Y la reacción de Nies?
– Pidió la dimisión inmediata de Kerridge. – Volvieron a oírse unos golpes en la puerta, pero Webberly no hizo caso-. No lo consiguió, pero Nies se la tiene jurada desde entonces.
