
– Y dices que ahora vuelven a estar enfrentados.
Sonaron los golpes por tercera vez, con mucha más insistencia.
Webberly dio permiso para que entraran y apareció Bertie Edwards, el jefe del departamento forense, el cual entró en la estancia con su presteza acostumbrada, garabateando en su tablilla y hablando al mismo tiempo. Para Edwards, la tablilla era tan humana como son las secretarias para la mayoría de los hombres.
– Fuerte contusión en la sien derecha -dijo alegremente-, seguida por laceración de la arteria carótida. Sin documentos de identificación, ni dinero, y sin ropas, excepto las prendas interiores. Es el Destripador del ferrocarril, desde luego. -Terminó de escribir haciendo un adorno con la pluma.
Hillier examinó al hombrecillo con profundo disgusto.
– Dios mío, esos titulares de la prensa… Whitechapel nos va a perseguir hasta el día del juicio.
– ¿Se trata del cadáver de Waterloo? -preguntó Webberly.
Edwards miró a Hillier: su rostro era un libro abierto en el que se reflejaban sus dudas. ¿Era aconsejable dar algún nombre, el que fuera, a unos asesinos desconocidos para contentar a la opinión pública? Aparentemente rechazó esa posibilidad, pues se enjugó la frente con la manga de su bata blanca y se volvió hacia su inmediato superior.
– Waterloo, en efecto -asintió-. El número once. Aún no hemos terminado del todo con Vauxhall. Ambos asesinatos tienen las características de las demás víctimas del Destripador que hemos visto. Transeúntes, con las uñas rotas, sucios, el pelo mal cortado, incluso piojos. El de King’s Cross sigue siendo el único que se aparta de la norma, y aún no sabemos nada después de las semanas transcurridas. No tiene documentos de identificación y hasta el momento no se ha recibido ninguna denuncia por desaparición. Estamos atascados. -Se rascó la cabeza con el extremo de su pluma.- ¿Quiere la foto de Waterloo? La he traído.
