Webberly señaló la pared, en la que ya había fijado las fotografías de las doce víctimas recientes, todas ellas asesinadas de idéntica manera dentro o en los alrededores de estaciones ferroviarias de Londres. Ahora eran trece los asesinatos cometidos en poco más de cinco semanas, y los periódicos bramaban, clamando por una detención. Como si esto le trajera sin cuidado, Edward silbó airosamente entre los dientes y buscó una chincheta entre los innumerables objetos que cubrían la mesa de Webberly. Clavó la foto de la última víctima en la pared.

– No es una mala foto. -Dio un paso atrás para admirar su obra-. Le he cosido que es un primor.

– ¡Por Dios! -estalló Hillier-. ¡Eres un necrófago, hombre! ¡Por lo menos ten la decencia de quitarte esa sucia bata cuando entres aquí! ¿Es que no tienes sentido común? ¡Hay mujeres en estos departamentos!

Edwards parecía escucharle atentamente, pero su mirada se deslizaba sobre el comisario jefe, deteniéndose más tiempo en el cuello carnoso que se expandía sobre el cuello de la camisa y el espeso cabello que a Hillier le gustó llamar en otro tiempo leonino. Edwards se encogió de hombros e intercambió con Webberly una mirada de comprensión mutua.


– Es todo un caballero -comentó antes de abandonar la habitación.

– ¡Hay que despedir a ese tipo! -gritó Hillier cuando la puerta se cerró tras el patólogo.

Webberly se echó a reír.

– Anda, David, vamos a tomar un jerez. La botella está en el armario, a tus espaldas. Ninguno de nosotros debería estar aquí en sábado.

Dos copas de jerez paliaron considerablemente la irritación de Hillier con el patólogo. Estaba ante la pared, mirando detenidamente las trece fotografías.

– Esto es un maldito lío – observo sobriamente-. Victoria, King’s Cross, Waterloo, Liverpool, Blackfriars, Paddington. ¡Maldita sea, por qué no lo hará al menos por orden alfabético!

– Los maníacos suelen carecer con frecuencia del toque organizativo -respondió Webberly plácidamente.



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