– Ni siquiera sabemos cómo se llamaban cinco de estas víctimas -se quejó Hillier.

– Siempre les quitan los documentos de identidad, lo mismo que el dinero y la ropa. Si no hay ningún informe de personas desaparecidas, empezamos con las huellas. Ya sabes lo lento que es ese procedimiento, David. Hacemos cuanto podemos.

Hillier se dio la vuelta. Lo único que sabía con certeza era que Malcolm siempre haría cuanto estuviera en su mano y permanecería silenciosamente en segundo término cuando se repartieran los honores.

– Lo siento. ¿Estaba echando espuma por la boca?

– Un poco.

– Como de costumbre. Volvamos a esa nueva querella entre Nies y Kerridge. ¿De qué se trata?

Webberly echó un vistazo a su reloj.

– Una discusión por otro asesinato en Yorksire, nada menos. Envían a alguien con los datos. Un sacerdote.

– ¿Un sacerdote? Dios mío… ¿Qué clase de caso es este?

Webberly se encogió de hombros.

– Evidentemente, es la única persona en la que Nies y Kerridge se pusieron de acuerdo para que nos trajera la información.

– ¿Y por qué motivo?

– Parece ser que él encontró el cadáver.

CAPÍTULO DOS

Hillier se acercó a la ventana de la oficina. El sol de la tarde iluminó su cara, resaltando arrugas que reflejaban muchas noches sin dormir y un rostro grueso y sonrosado que evidenciaba demasiada comida y vino de Oporto.

– Pero esto es totalmente irregular. ¿Es que Kerridge se ha vuelto loco?

– Eso es lo que Nies afirma durante años.

– Pero hacer que la primera persona que aparece en escena… ¡Y ni siquiera un policía! ¿En qué puede pensar ese hombre?

– En que un sacerdote es la única persona en la que ambos pueden confiar. -Webberly consultó de nuevo su reloj-. Deberá llegar de un momento a otro. Por eso te he pedido que bajaras.



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