
– ¿Para que escuche el relato de un sacerdote? Desde luego, ese no es tu estilo.
Webberly movió lentamente la cabeza. Había llegado a la parte difícil.
– La verdad es que no se trata de escuchar el relato, sino el plan.
– Estoy intrigado. -Hillier se fue a servir otra copa de jerez y ofreció la botella a su amigo, el cual hizo un gesto de rechazo. Volvió a su asiento, y cruzó las piernas con cuidado, para no estropear la fina raya de sus pantalones-. ¿El plan?
Webberly removió un rimero de expedientes sobre su mesa.
– Me gustaría que Lynley trabajara en este caso.
Hillier enarcó una ceja.
– ¿Lynley y Nies para un segundo asalto? ¿Es que no has tenido ya bastantes líos con esas combinaciones, Malcolm? Además, Lynley no está en la lista rotatoria este fin de semana.
– Eso puede arreglarse. -Webberly titubeó, se hizo un silencio-. Me tienes aquí pendiente, David -dijo al fin.
Hillier sonrió.
– Perdona. Esperaba a ver cómo ibas a solicitarla.
– Puñetero -dijo Webberly en voz baja-. Me conoces demasiado bien.
– Digamos que te conozco bastante bien para saber que eres más justo de lo que te conviene. Permíteme que te de un consejo, Malcolm. Deja a Havers donde la pusiste.
Webberly dio un respingo y ahuyentó una mosca inexistente.
– Me remuerde la conciencia.
– No seas necio, o lo que es peor, no seas un tonto sentimental. Barbara Havers ha demostrado que es incapaz de hacer algo de provecho como agente de paisano. Hace ocho meses volvió a ponerse el uniforme y se desenvuelve mucho mejor. Déjala.
– No la puse a prueba con Lynley.
– ¡Tampoco la pusiste a prueba con el Príncipe de Gales! Entre tus responsabilidades no figura la de ir cambiando de sitio a los sargentos detectives hasta que encuentren un bonito rincón donde puedan envejecer felizmente. Eres responsable de que el trabajo duro salga adelante, y no es un trabajo que pueda hacerse con un personal como Havers. ¡Tienes que admitirlo!
