Sollozando, se apartó del lavabo y apoyó la cabeza en las frías baldosas de la pared.

Barbara Havers era una treinteañera carente de encantos, y no parecía tener ningún interés en mejorar su aspecto. Su cabello era sedoso, brillante, castaño claro, y podría haber adaptado el estilo de peinado a la configuración de su rostro, pero lo llevaba cortado de un modo imperdonable, justo por debajo de las orejas, como si se cubriera la cabeza con un cuenco demasiado pequeño para moldearlo. No usaba maquillaje. Las cejas espesas, sin arreglar, resaltaban la pequeñez de sus ojos en vez de subrayar su expresión de inteligencia. La fina boca, jamás adornada por el rojo de labios, estaba siempre fruncida, en un mohín de desaprobación, producía el efecto de una mujer rolliza, robusta y totalmente inabordable.

“Así que te ha tocado el gordo -pensó-. ¡Vaya regalo, Barb! Al cabo de ocho meses desgraciados te hacen volver de la calle para “darte otra oportunidad”… ¡Y con Lynley, nada menos!”

– No lo haré -musitó-. ¡No lo haré! ¡No trabajaré con ese estúpido petimetre!

Se apartó de la pared y volvió al lavabo. Abrió el grifo, esta vez con cuidado, inclinándose para refrescar su rostro ardiente y lavar las huellas de sus lágrimas.

Pasó por su mente la escena vivida en el despacho de Webberly.

– Me gustaría darle otra oportunidad en el Departamento -le dijo el comisario jefe, el cual jugueteaba con un abrecartas sobre su mesa, pero ella reparó en las fotografías del Destripador clavadas en la pared y el corazón le dio un brinco. ¡El caso del Destripador a su cargo!

– ¡Oh, sí, desde luego! ¿Cuándo empiezo? ¿Será con MacPherson?

– Es un caso especial, relacionado con una muchacha, en Yorkshire.



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