– Así que no se trata del Destripador. Pero, en fin, es un caso. ¿Dice usted una muchacha? Claro que puedo ayudar. Entonces, ¿trabajaré con Stewart? Conoce bien Yorkshire, y haríamos un buen trabajo, estoy segura.

– La verdad es que espero recibir la información antes de una hora. Le necesitaré aquí, si está interesada, claro.

– ¡Si estoy interesada! Tres cuartos de hora es todo lo que necesito para cambiarme, tomar un bocado y volver aquí. Tomaré el último tren para York. ¿Nos reuniremos aquí? ¿He de pedir un vehículo?

– Bueno, verá… Antes de nada necesito que pase por Chelsea.

La conversación se interrumpió de súbito.

– ¿A Chelsea, señor? ¿Qué diablos tiene que ver Chelsea con todo esto?

– Sí, tiene que ver -dijo Webberly pausadamente, dejando caer el abrecartas sobre los papeles que cubrían la mesa-. Trabajará usted con el inspector Lynley, y lamentablemente tenemos que sacarle de la boda de Saint James, que se celebra en Chelsea. -Consultó su reloj-. La boda era a las once, por lo que sin duda ya están en la recepción. Hemos intentado localizarle por teléfono, pero parece ser que ha dejado el aparato descolgado. -Alzó los ojos y vio la expresión conmocionada de la mujer-. ¿Le ocurre algo, sargento?

– ¿El inspector Lynley? -De repente lo vio todo claro, el motivo por el que la necesitaban, por el que nadie, excepto ella, serviría para el trabajo.

– Lynley, en efecto. ¿Hay algún problema?

– No, ninguno en absoluto… -Tras una pausa, añadió-: señor.

Los ojos astutos de Webberly evaluaron su respuesta.

– Bien, me alegra saberlo. Podrá aprender mucho trabajando con Lynley. – Siguió escrutándola, aquilatando su reacción-. Procure estar de regreso lo antes posible. -Dicho esto volvió a centrar su atención en los papeles sobre la mesa. No tenía nada más que decirle.


Barbara se miró en el espejo y buscó un peine en el bolsillo de su camisa. Lynley, nada menos. Se rastrilló el cabello con las púas de plástico, implacable, aplastándolo contra el cuero cabelludo, raspándose la piel, y el dolor que experimentaba era gratificante. ¡Lynley!



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