Era demasiado evidente por qué le hacían colgar el uniforme y volver a ser un policía de paisano. Querían que Lynley trabajara en el caso, pero también necesitaban una mujer. Y todo el mundo en la calle Victoria sabía que ninguna mujer estaba segura al lado de Lynley, el cual se había abierto paso a través del departamento y la división a golpes de bragueta, dejando tras él muchos corazones rotos. Tenía la reputación de un caballo de carreras utilizado como semental y, a juzgar por lo que se rumoreaba, tenía también la resistencia de uno de esos animales. Con gesto airado, la sargento volvió a guardarse el peine en el bolsillo.

Se encaró con su imagen: “¿Qué sientes al ser la única mujer cuya virtud está totalmente segura en presencia del todopoderoso Lynley?” ¡No habría peligro de que las manos de aquel hombre se propasaran si Barb iba a bordo del coche! Ninguna cena confidencial para “revisar nuestras notas”, ninguna invitación a Cornualles para “considerar cuidadosamente el caso”. No, Barb no había de temer nada. Bien sabía Dios que, con Lynley, estaba a salvo. En sus cinco años de trabajo con aquel hombre en la misma división, él no la había llamado por su nombre ni una sola vez, y no la había tocado ni por casualidad, como si unos antecedentes de estudios elementales y un acento de clase obrera fuesen enfermedades sociales que podrían infectarle si no pusiera un cuidado escrupuloso para mantenerlas a distancia.

Salió del baño y, con paso orgulloso, recorrió el pasillo hasta el ascensor. ¿Había alguien en todo New Scotland Yard a quién odiara más que a Lynley? Aquel hombre era una combinación milagrosa de cuanto ella despreciaba con toda su alma: educado en Eton, sobresaliente en Historia en Oxford, una voz refinada como corresponde a quien se ha educado en una excelente escuela privada británica, y un maldito árbol genealógico cuyas raíces llegaban a la batalla de Hastings. Clase alta, inteligente y con un encanto tan irresistible que ella no podía comprender por qué los criminales de la ciudad no se le entregaban sin chistar, simplemente para darle gusto.



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