
Los motivos que tenía aquel hombre para trabajar en el Yard eran de risa, un condenado mito en el que ella no creía lo más mínimo. El tipo quería ser útil, colaborar, y prefería tener un cargo en Londres a una vida ociosa en su finca. ¡Era para desternillarse de risa!
Se abrieron las puertas del ascensor y Barbara oprimió furiosamente el botón del aparcamiento. Lynley y las circunstancias de Lynley seguían monopolizando sus pensamientos. ¡Qué dulce y satisfactoria la carrera de aquel lechuguino, comprada totalmente con los fondos de su familia! No por sus méritos personales, sino por su capital, había llegado a la posición que tenía, y era evidente que le nombrarían comisario antes de que hubiera recorrido todo el escalafón.
Se encaminó a su coche, un Mini herrumbroso que estaba en un extremo del aparcamiento. Qué estupendo ser rico, poseer un título nobiliario, como Lynley, trabajar sólo por diversión y luego regresar a casa, en el barrio residencial de Belgravia, o, mejor aún, volar a la finca de Cornualles, donde le esperan a uno mayordomos, doncellas, cocineras y ayudas de cámara.
“Y piensa en ello, Barb: imagínate en presencia de semejante grandeza. ¿Qué harás? ¿Te desmayarás o vomitarás primero?”
Arrojó el bolso al asiento trasero del Mini, cerró la portezuela y puso en marcha el motor petardeante. Las ruedas chirriaron sobre el pavimento mientras el coche ascendía por la rampa; la conductora saludó con un brusco gesto de la cabeza al guardián en su garita y se dirigió a la calle.
Había poco tráfico, como ocurre los fines de semana, y tardó pocos minutos en trasladarse desde la calle Victoria hasta el Embankment, donde la brisa suave de la tarde de octubre fue un bálsamo para su irritación, calmó sus nervios y le ayudó a olvidar lo indignada que estaba. El trayecto hasta el domicilio de Saint James fue agradable de veras.
