A Barbara le gustaba Simon Allcourt -Saint James, le gustaba desde que le conoció, diez años atrás, cuando ella era una nerviosa aspirante a policía de veinte años, demasiado consciente de ser una mujer en un mundo de hombres bien defendido contra cualquier intrusión, donde todavía se referían a las mujeres policías con apelativos groseros cuando habían tomado unas copas. Y estaba segura de que los más grotescos se los habían dado a ella. Que se fueran todos al infierno. Para ellos, cualquier mujer que aspirase a integrarse en el Departamento era un bicho raro, y le hacían sentirse así. En cambio, para Saint James, dos años mayor que ella, había sido una colega aceptable, incluso una amiga. Ahora Saint James era un científico forense independiente, pero había iniciado su carrera en el Yard.

Cuando sólo tenía veinticuatro años, había sido el mejor experto en la escena del crimen, rápido, perceptivo, intuitivo. Podría haber tomado cualquier dirección: investigaciones, patología, administración, lo que fuera. Pero todo terminó una noche ocho años atrás, cuando viajaba en coche con Lynley por las carreteras comarcales de Surrey. Los dos habían bebido, y Saint James siempre se apresuraba a admitirlo, pero todo el mundo sabía que Lynley iba al volante esa noche, que fue él quien perdió el control en una curva y quien resultó ileso, mientras su amigo de la infancia, Saint James, sufría lesiones que le convirtieron en un inválido, y aunque podía haber proseguido su carrera en el Yard, Saint James había preferido retirarse a una casa en Chelsea, donde vivió como un recluso durante los cuatro años siguientes. Tenía que agradecérselo a Lynley, pensó sobriamente Barbara.

Le costaba creer que Saint James hubiera mantenido realmente su amistad con aquel hombre, pero así era, en efecto, y algo, alguna clase de situación peculiar, había cimentado su relación casi cinco años antes y había devuelto a Saint James al terreno que le correspondía. También eso tenía que agradecérselo a Lynley, se dijo de mala gana.



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