Encontró un hueco disponible en la calle Lawrence, aparcó el Mini y caminó por la plaza Lordship hacia Cheyne Row. Aquella zona de la ciudad, en las proximidades del río, se caracterizaba por unos edificios de ladrillo de color ocre oscuro, decorados con finas molduras de yeso y madera, y cuyas ventanas y balcones de hierro forjado habían sido restaurados y pintados de negro. En armonía con el pueblo que Chelsea fue en otro tiempo, las calles eran estrechas, y la espesa fronda de sicomoros y olmos que las bordeaban las habían convertido en túneles vegetales que amarilleaban bajo el sol otoñal.

La casa de Saint James estaba en una esquina, y Barbara, al pasar junto al alto muro de ladrillo que rodeaba el jardín, oyó el estrépito de la fiesta. Alguien propuso un brindis, al que respondieron con gritos de aprobación seguidos de aplausos. En el muro había una vieja puerta de roble. Estaba cerrada, pero Barbara pensó que era mejor así, pues llevaba puesto el uniforme y no quería irrumpir en la reunión como si fuera a hacer un arresto.

Dobló una esquina y se encontró con la puerta principal del alto y antiguo edificio, que estaba abierta. Le llegaron las risas, los ruidos vibrantes de la plata y la porcelana, las detonaciones de las botellas de cava y, en algún lugar del jardín, la música de violín y la flauta. Había flores por todas partes, incluso en la escalera de la entrada, en cuyas balaustradas se entrelazaban rosas blancas y rosas que llenaban la atmósfera de un perfume embriagador. Incluso en los balcones había macetas con convólvulos, cuyas flores en forma de trompeta se derramaban por los bordes, exhibiendo sus abigarrados colores.

Barbara aspiró hondo y subió los escalones. Era inútil llamar, pues aunque varios invitados que estaban cerca de la puerta le dirigieron miradas inquisitivas, al verla titubeante, en la entrada, enfundada en un uniforme que le sentaba mal, regresaron al jardín sin dirigirle la palabra, y pronto estuvo claro que, si quería encontrar a Lynley, tendría que mezclarse entre toda aquella gente, cosa que no le hacía ninguna gracia.



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