
Estaba a punto de retirarse, amilanada, y regresar al coche para recoger un viejo impermeable y cubrirse por lo menos el uniforme -demasiado ajustado a las caderas y con la tela tensa en los hombros y el cuello-, cuando los sonidos de pisadas y risas en la escalera que partía del vestíbulo llamaron su atención. Una mujer descendía, llamando por encima del hombro a alguien que seguía en el piso de arriba.
– Sólo nos vamos los dos. Ven con nosotros, Sid, y será una fiesta.
La mujer se volvió, vio a Barbara y se detuvo en seco, con una mano en la barandilla. El gesto tenía mucho de pose, pues era la clase de mujer capaz de lograr que unos metros de seda de color ceniciento salpicada de lunares oscuros y cosidos de cualquier manera, parecieran el último grito en la alta costura. No era demasiado alta, pero sí muy esbelta, con una cascada de pelo castaño que enmarcaban un rostro perfecto rostro ovalado. Barbara la reconoció enseguida, pues la había visto en muchas de las numerosas ocasiones en que había ido en busca de Lynley por algún asunto relacionado con el Yard. Era la querida más duradera de Lynley y ayudante de laboratorio de Saint James, lady Helen Clyde, la cual terminó de bajar la escalera y cruzó el vestíbulo hacia la puerta, llena de confianza, observó Barbara, con un absoluto dominio de sí misma.
– Tenía la terrible sensación de que vendría usted en busca de Tommy -se apresuró a decir, tendiendo la mano-. ¿Qué tal? Soy Helen Clyde.
Barbara se presentó, sorprendida por la firmeza con que la mujer le había estrechado la mano. Las tenía muy delgadas, muy frías al tacto.
