Lynley no parecía tener nada que decir. Se palpó los bolsillos, sacó una pitillera de oro, la abrió y volvió a cerrarla con un gesto de fastidio. La novia le observó durante toda esta operación, y las flores que sujetaba temblaron por un momento.

– Es el Yard, Deb -respondió finalmente Lynley-. He de ir.

Ella le miró sin hablar, tocándose la gargantilla que le colgaba del cuello, y no dijo nada hasta que sus miradas se encontraron.

– Qué decepción para todo el mundo. Espero que no se trate de una emergencia. Simon me dijo anoche que podrían asignarte de nuevo el caso del Destripador.

– No, no. Es sólo una reunión.

– Ah. -Pareció como si fuera a decir algo más, incluso empezó a hacerlo, pero entonces se volvió hacia Barbara con una sonrisa amistosa-. Soy Deborah Saint James.

Lynley se tocó la frente.

– Perdona… -Completó la presentación mecánicamente-. ¿Dónde está Simon?

– Venía detrás de mí, pero creo que papá le ha entretenido. Le aterra que empecemos a vivir por nuestra cuenta, pues está seguro de que nunca cuidaré de Simon bastante bien. -Se rió antes de añadir-: Quizás debería haber considerado los problemas que supone casarte con un hombre de quien su padre está tan encariñado. “Los electrodos”, me advierte continuamente. “No te olvides de examinar su pierna cada mañana”. No creo que hoy me lo haya dicho menos de diez veces.

– Supongo que te habrá sido difícil impedir que les acompañe en la luna de miel.

– Bueno, es comprensible, no han estado separados más de un día desde…

Se interrumpió bruscamente. Sus miradas se encontraron. Ella se mordió el labio mientras el rubor cubría sus mejillas.

Ambos se quedaron en silencio, pero la comunicación entre ellos, revelada por el lenguaje corporal y la tensión en el ambiente, no se había interrumpido. Por fin -Barbara pensó que afortunadamente- se oyeron unas pisadas lentas, penosamente desiguales, en el pasillo, desgarbado heraldo del marido de Deborah.



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