
– Veo que has venido para llevarte a Tommy. -Saint James se detuvo en el umbral, pero siguió hablando sosegadamente, como tenía por costumbre, para que sus interlocutores no se fijaran en su invalidez y se sintieran cómodos en su presencia-. Esto altera curiosamente la tradición, Barbara. En el pasado raptaban a la novia, no al padrino.
Si Lynley era apolíneo, Saint James recordaba al dios Vulcano, el que presidía el fuego y protegía a los herreros. Aparte de sus ojos, cuyo azul satinado era como el cielo de las tierras altas, y sus manos, los instrumentos sensitivos de un artista, Simon Allcourt-Saint James no tenía el menor atractivo. Su cabello era moreno, rizado y rebelde, cortado de tal manera que era imposible dominarlo. En su rostro se combinaban los ángulos y las curvas aquilinas, en reposo era duro, y cuando la cólera lo congestionaba asustaba, pero cuando su sonrisa lo suavizaba revelaba a un hombre de buen corazón. Era delgado como un pimpollo, pero no tan resistente, un hombre que había conocido demasiado dolor y tristeza a una edad demasiado temprana.
Barbara sonrió, sinceramente complacida de verle.
– Pero ni siquiera a los padrinos de boda suelen raptarlos para llevarles a New Scotland Yard. ¿Cómo estás, Simon?
– Bien, o eso me dice continuamente mi suegro. Y también afortunado. Parece que lo vio todo desde el principio, lo supo todo el mismo día que nació su hija. ¿Te han presentado a Deborah?
– Hace un instante.
– ¿Y no puedes quedarte más?
– Webberly ha convocado una reunión -intervino Lynley-. Ya sabes cómo son esas cosas.
– Ya lo creo. Entonces no te pediremos que te quedes. También nosotros nos iremos dentro de un rato. Helen tiene la dirección, por si surgiera algo.
– No pienses en eso. -Lynley se interrumpió, como si no estuviera seguro de lo que debía hacer a continuación-. Mis felicitaciones más cordiales, Saint James -dijo al fin.
