
El mozo aprovechó la oportunidad para ofrecer sus servicios.
– Permítame que le ayude. ¿Cuál es su maleta?
– Sólo tengo este maletín -dijo el padre Hart, ignorando la mano extendida del hombre. Ya podía notar el sudor en las palmas, las axilas, las ingles y la parte posterior de las rodillas. Se preguntó cómo se las arreglaría para aguantar durante la jornada.
Se dio cuenta de que el mozo lo miraba con curiosidad y luego posaba la mirada en el maletín, cuya asa apretó con fuerza. Tensó el cuerpo, confiando en que eso le proporcionaría resolución, pero lo único que consiguió fue un doloroso calambre en el pie izquierdo. Gimió mientras la intensa punzada llegaba a su cenit.
– A lo mejor no debería viajar solo -comentó el mozo con inquietud-. ¿Está seguro de que no necesita ayuda?
La necesitaba, desde luego, pero nadie podía facilitársela. Ni él mismo podía ayudarse.
– No, no. Ahora mismo me marcho. Ha sido usted muy amable al ayudarme a encontrar mi asiento en la confusión inicial.
El mozo le interrumpió con un ademán.
– No tiene importancia. Mucha gente no sabe que los asientos están reservados. No hemos fastidiado a nadie, ¿verdad?
– No, supongo que no…
El padre Hart aspiró hondo y retuvo el aliento. Se dijo que tenía que recorrer el pasillo hasta la puerta, salir e ir en busca del metro. Nada de eso podía ser tan insuperable como parecía. Se encaminó a la salida arrastrando los pies. El maletín, que sujetaba con ambas manos sobre su estómago, rebotaba a cada paso.
– Eh, padre -dijo el mozo a sus espaldas-. La puerta es un poco pesada. Permítame que se la abra.
Se hizo a un lado para dejar pasar al mozo. Dos empleados del ferrocarril, de aspecto hosco, entraban ya por la puerta trasera, con sacos para desperdicios al hombro, dispuestos a preparar el tren para su regreso a York.
