– Gracias -respondió el otro hombre.

Saludó a Barbara con una inclinación de cabeza, tocó ligeramente a su esposa en el hombro y salió de la habitación.

A Barbara le extrañó que ni siquiera se estrecharan la mano.

– ¿Vas a ir al Yard vestido de veintiún botones? -preguntó Deborah a Lynley.

El miró sus ropas, compungido.

– Así mantendré mi reputación de libertino.

Ambos se echaron a reír. Fue una comunicación cálida que se extinguió tan rápidamente como había nacido. Volvió a hacerse el silencio.

– Bueno… -empezó a decir Lynley.

– Tenía todo un discurso preparado -se apresuró a decir Deborah, con la vista en sus flores, las cuales temblaron de nuevo. Alzó la cabeza-. Era… era más o menos lo que podría haber dicho Helen, unas palabras sobre mi infancia, papá, esta casa. Ya sabes, esa clase de cosas, ingeniosas e inteligentes, pero daría pena, no sirvo para eso, soy totalmente incompetente. -Bajó de nuevo la vista y vio que un diminuto perro pachón había entrado en el estudio con un bolso cubierto de lentejuelas entre los dientes. El animalito dejó el bolso a los pies de Deborah, quizás convencido del mérito que tenía su ofrecimiento, y meneó alegremente la cola-. ¡Oh, no, Peach por favor! -Riendo, Deborah recogió el objeto robado, pero cuando se irguió las lágrimas brillaban en sus ojos verdes-Gracias por todo, Tommy, de veras, muchas gracias.

– Te deseo lo mejor, Deb -dijo él, jovialmente.


Se acercó a ella, la abrazó y le rozó el cabello con los labios.

Barbara, que observaba la escena, pensó que, por algún motivo, Saint James les había dejado a los dos precisamente para que Lynley pudiera hacer aquello.

CAPÍTULO TRES

Un solo y horrendo detalle era la característica más notable de las fotografías que examinaban los tres policías reunidos ante la mesa redonda en una sala de Scotland Yard: el cadáver estaba decapitado.



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