La nerviosa mirada del padre Hart iba de un rostro a otro, y sus dedos acariciaban el pequeño rosario de plata que llevaba en el bolsillo y que bendijo Pío XII en 1952. No fue durante una audiencia particular, desde luego. Un simple sacerdote como él no podía esperar tal cosa. Pero, ciertamente, aquella santa y temblorosa mano que hacía la señal de la cruz sobre dos millares de reverentes peregrinos había impartido su bendición al padre Hart, el cual, con los ojos cerrados y la mano levantada, sostuvo el rosario por encima de su cabeza, como si así la bendición pontificia pudiera ser más potente.

Se adentraba en el grupo de los misterios del dolor cuando habló el hombre alto y rubio.

– Qué golpe ha recibido -murmuró, y estas palabras estimularon al sacerdote.

¿Quién era aquel hombre? ¿Un policía? El padre Hart no podía comprender por qué vestía con tanta elegancia, pero ahora, al oír sus palabras, le miró esperanzadamente.

– Ah, Shakespeare. Sí, en cierto modo se trata de lo mismo.

El hombretón que fumaba un cigarro hediondo le dirigió una mirada inexpresiva. El padre Hart se aclaró la garganta y les observó mientras ellos seguían observando detenidamente las fotografías.

Llevaba con ellos casi un cuarto de hora, y hasta entonces apenas habían intercambiado alguna palabra. El hombre más viejo había encendido un cigarro, la mujer se había mordido los labios en dos ocasiones, reservándose algo que deseaba decir, y nada más había ocurrido hasta la cita de aquel verso de Shakespeare.

Los dedos de la mujer tamborileaban sobre la mesa. Ella sí que tenía aspecto de policía: su uniforme era inequívoco. Sus ojos eran pequeños e inquietos, su boca tenía un rictus sombrío y, en conjunto, parecía una persona totalmente desagradable. No le sería útil, no era lo que él y Roberta necesitaban. ¿Qué debería decirle?

Los policías seguían pasándose las horrendas fotografías. El padre Hart no necesitaba verlas, pues sabía perfectamente lo que representaban.



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