
La cabeza había rodado hasta un montón de heno húmedo en un rincón del establo. Y cuando él la vio… ¡Oh, Dios, los ojuelos furtivos de una rata de granero brillaban en la cavidad, con un brillo muy tenue, desde luego, pero el hocico gris estaba empapado de sangre y las patas diminutas escarbaban! “Padre nuestro, que estás en los cielos… Padre nuestro, que estás en los cielos… ¡Oh, hay más, hay más, y en este momento no puedo recordarlo!”
– Padre Hart. -El rubio vestido con chaqué se había quitado sus gafas de lectura y se había sacado una pitillera del bolsillo-. ¿Fuma usted?
– Yo…sí, gracias.
El sacerdote cogió un pitillo con un movimiento rápido, para que los demás no vieran que le temblaba la mano. El rubio ofreció la pitillera a la mujer, la cual hizo un gesto enérgico de rechazo. El hombre sacó entonces un encendedor de plata y lo encendió. Todo esto requirió unos momentos, tiempo suficiente para permitirle al sacerdote reunir sus pensamientos fragmentados.
El rubio se arrellanó en su silla y contempló la larga hilera de fotografías clavadas en una de las paredes.
– Dígame, padre Hart, ¿por qué fue a la granja aquel día? -le preguntó en tono bajo, mientras miraba las fotografías una tras otra.
El sacerdote entrecerró sus ojos miopes para contemplar las mismas imágenes, preguntándose esperanzado si serían fotos de sospechosos. ¿Quizás Scotland Yard ya había decidido perseguir a aquella bestia maligna? Pero no podía decirlo, no estaba seguro, ni siquiera desde una distancia tan corta, de si aquellas fotos eran de personas.
