
– Era domingo – replicó, como si esas dos palabras fuesen una explicación suficiente.
Al oír esto, el rubio volvió la cabeza. Sorprendentemente, sus ojos eran de un color castaño encantador.
– ¿Acaso tenía usted la costumbre de ir los domingos a la granja de Teys? ¿Para comer o algo por el estilo?
– Oh, yo… perdone, creí que el informe, ¿sabe?…
Así no arreglaría nada. El padre Hart aspiró ansiosamente el humo del cigarrillo y se miró los dedos, que estaban manchados de nicotina hasta los nudillos. No era de extrañar que le hubieran ofrecido tabaco. Lamentó haber olvidado sus propios cigarrillos, pensó que debería haber comprado un paquete en King’s Cross. Pero tantas cosas ocupaban su cabeza cuando salió de la estación… Dio otras dos enérgicas caladas al pitillo.
– Padre Hart -dijo el hombre de más edad, que con toda evidencia era el jefe del rubio. Todos se habían presentado, pero en seguida había olvidado sus nombres. Sólo recordaba el de la mujer: Havers, y era sargento, según sus distintivos. Pero de los otros dos se había olvidado por completo. Miró sus rostros serios sintiéndose presa de un pánico creciente.
– Disculpe. ¿Decía usted…?
– ¿Iba usted a la granja de Teys cada domingo?
El padre Hart hizo un esfuerzo decidido para pensar clara, cronológica y sistemáticamente por una vez. Sus dedos buscaron el rosario en el bolsillo. La cruz le tocó el pulgar y pudo notar el cuerpo diminuto clavado y agónico. “Oh, señor, morir de esa manera…”
– No -se apresuró a responder-. William es… era nuestro chantre. Tenía una voz maravillosa de bajo profundo. Podía hacer que la iglesia vibrara con su sonido y… -Aspiró entrecortadamente, haciendo un esfuerzo para no volver a irse por las ramas-. Aquella mañana no fue a misa, ni tampoco Roberta, y yo estaba preocupado. Los Teys nunca se saltan una misa. Así que fui a la granja.
