
El hombre del puro le escudriñó a través de la acre humareda.
– ¿Se preocupa tanto por sus parroquianos? Si es así, debe de tenerlos bien disciplinados.
El padre Hart había fumado todo el cigarrillo hasta el filtro, y no podía hacer más que aplastarlo en el cenicero. El rubio hizo lo mismo, aunque ni siquiera había fumado la mitad de su pitillo. Sacó la pitillera y ofreció otro. De nuevo apareció el encendedor de plata; el tabaco prendió y produjo el humo que secaba la garganta del viejo sacerdote, le aplacaba los nervios, le entumecía los pulmones.
– Verá, lo hice sobre todo porque Olivia estaba preocupada.
El hombre echó un vistazo al informe.
– ¿Olivia Odell?
El padre Hart asintió ansiosamente.
– Sí, ella y William Teys acababan de prometerse. Aquella tarde se iba a hacer el anuncio, durante una pequeña fiesta. Le llamó varias veces después de la misa pero no obtuvo respuesta. Entonces fue a verme.
– ¿Por qué no fue ella en persona a ver qué ocurría?
– Quería ir, desde luego, pero tenía que ocuparse de Bridie y el pato. Se había perdido… en fin, la crisis familiar corriente, y ella no estaba para nada hasta que lo encontrara.
Los tres funcionarios intercambiaron miradas cautelosas. El sacerdote se ruborizó. ¡Qué absurdo parecía todo aquello!
– Miren -siguió diciendo-, Bridie es la hijita de Olivia y tiene un pato especial. Bueno, no exactamente especial…
¿Cómo podía explicar a aquellas personas todos los entresijos de la vida en su aldea?
Entonces el rubio le habló amablemente.
– De modo que mientras Olivia y Bridie buscaban el pato, usted fue a la granja.
– Eso es, exactamente. -El padre Hart sonrió con gratitud-. Muchas gracias.
– Díganos lo que sucedió cuando llegó allí.
