– Primero fui a la casa. No estaba cerrada, y recuerdo que eso me pareció extraño, porque William siempre cerraba a cal y canto por la noche. Era una especie de manía, e insistía en que yo hiciera lo mismo en la iglesia. Los miércoles, cuando el coro ensayaba, nunca se marchaba hasta que todos los demás se habían ido y yo había atrancado bien las puertas. Era su manera de ser.

– En ese caso imagino que se sobresaltó un poco al ver la puerta de la casa abierta.

– Al principio, no. Al fin y al cabo sólo era la una de la tarde. Pero cuando nadie respondió a mis llamadas. -Les miró con aire de pedir perdón-. Me temo que entré sin más.

– ¿Había dentro algo extraño?

– Nada en absoluto. Todo estaba perfectamente limpio, como siempre. Sin embargo, había…

Desvió la mirada hacia la ventana. ¿Cómo podría explicarlo?

– ¿Sí?

– Las velas estaban apagadas.

– ¿Es que no tenían luz eléctrica?

El padre Hart les miró con la mayor seriedad.

– Eran cirios votivos y siempre estaban encendidos. Siempre. Las veinticuatro horas del día.

– ¿Para algún santuario?

– Sí, eso es exactamente, un santuario -se apresuró a decir, y añadió-: Cuando vi eso, supe de inmediato que algo iba mal. Ni William ni Roberta habrían permitido que los cirios se apagaran. Entonces crucé la casa y me dirigí al establo.

– ¿Y allí…?

¿Era realmente necesario hablar de aquello? La escalofriante tranquilidad de aquel lugar le anunció en seguida la tragedia. Afuera, en el pasto cercano, los balidos de las ovejas y el piar de los pájaros hablaban de cordura y paz, pero el silencio absoluto del establo era el núcleo de su locura. Incluso desde la puerta, el olor empalagoso de la sangre encharcada había llegado a sus fosas nasales, mezclado con los olores del estiércol, el grano y el heno en putrefacción, y aquel olor había tirado de él como unas manos seductoras e inevitables.




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