
Roberta estaba sentada en un cubo puesto de revés, en una de las casillas. Era una muchacha fornida, como su padre, acostumbrada a las duras faenas de una granja. Permanecía inmóvil y no miraba la monstruosidad decapitada que yacía a sus pies, sino a la pared de enfrente y las grietas de su rugosa superficie.
“¿Roberta? -le dije con voz ronca, sintiendo que las náuseas pasaban del estómago a la garganta y sus tripas se aflojaban.”
La muchacha no le respondió y siguió inmóvil. Ni siquiera parecía respirar. El sacerdote veía sus anchas espaldas, las piernas robustas, el hacha a un lado. Y entonces, por encima del hombro, vio claramente el cadáver por primera vez.
“Lo he hecho yo, y no lo siento -fue lo único que dijo la muchacha.”
El padre Hart cerró los ojos con fuerza, porque el recuerdo de aquella escena le descomponía.
– Fui a la casa en seguida y llamé a Gabriel.
Por un momento Lynley creyó que el sacerdote se refería al mismísimo arcángel, pues el curioso hombrecillo que trataba penosamente de contar su historia daba la impresión de estar un poco en contacto con el más allá.
– ¿Gabriel? -preguntó Webberly con incredulidad.
Lynley se dio cuenta de que al inspector se le estaba agotando la paciencia. Revisó el informe en busca de alguna indicación del nombre y no tardó en encontrarla.
– Gabriel Langston, alguacil de la aldea -leyó-. ¿Debo entender, padre, que el alguacil Langston telefoneó en seguida a la policía de Richmond?
El sacerdote asintió. Miró con cautela la pitillera de Lynley y éste la abrió y ofreció otra ronda. Havers lo rechazó y el sacerdote estaba a punto de hacer lo mismo hasta que Lynley cogió uno. Tenía la garganta irritada, pero sabía que nunca llegarían al final del relato a menos que el sacerdote recibiera la cantidad de nicotina suficiente, y parecía necesitar un compañero de vicio. Tragó saliva, pensando en lo bien que le vendría un whisky, encendió el nuevo pitillo y lo dejó en el cenicero hasta que se consumió por completo.
