
– Llegó la policía de Richmond. Todo fue muy rápido… Se llevaron a Roberta.
– Bueno, ¿qué otra cosa iban a hacer? Ella misma confesó su crimen.
Havers, que había dicho estas últimas palabras, se levantó y fue hasta la ventana. El tono de su voz informaba claramente a los otros que, en su opinión, estaban perdiendo el tiempo con aquel viejo estúpido, y que en aquellos momentos deberían estar viajando a toda velocidad hacia el norte.
Webberly le ordenó con un gesto que volviera a sentarse.
– Mucha gente confiesa haber cometido crímenes -replicó el inspector-. Hasta ahora he tenido veinticinco confesiones de asesinatos cometidos por el Destripador.
– Sólo quería señalar…
– Podemos hablar de ello más tarde.
– Roberta no mató a su padre -dijo el sacerdote, como si los otros dos no hubieran hablado-. Es imposible.
– Pero hay crímenes de familia -dijo suavemente Lynley.
– No con bigotes por el medio.
Se hizo un silencio largo e insoportable, durante el que ninguno miró a los demás. Bruscamente, Webberly echó su silla atrás.
– Dios mío -musitó-. Lo siento mucho, pero… -Se dirigió a un armario en el extremo de la sala y sacó tres botellas-. ¿Whisky, jerez o coñac? -preguntó a los otros.
Lynley dirigió a Baco una plegaria silenciosa de agradecimiento.
– Whisky -respondió.
– ¿Havers?
– No tomaré nada -dijo severamente la sargento-. Estoy de servicio.
– Sí, claro. ¿Y usted, padre?
– Oh, un jerez me vendría muy…
– Jerez entonces.
Webberly tomó un traguito de whisky antes de servirse otra vez y regresar a la mesa.
Todos miraron sus vasos en actitud meditativa, como si cada uno esperase que otro hiciera la pregunta. Finalmente lo hizo Lynley, cuya garganta había suavizado ahora el fragante whisky de malta.
– Dígame… ¿A qué bigotes se refiere?
