
El padre Hart miró los papeles extendidos sobre la mesa.
– ¿Es que no está en el informe? -preguntó quejumbrosamente.- ¿No habla del perro?
– Sí, aquí se menciona al perro.
– Pues ése es Bigotes -explicó el sacerdote, y la cordura quedó restablecida.
Hubo un suspiro de alivio colectivo.
– Estaba muerto en el establo, junto a Teys -observó Lynley.
– Así es. ¿Se dan cuenta? Por eso sabemos que Roberta es inocente. Aparte de que quería a su padre, tenemos que considerar a Bigotes. Ella jamás le habría hecho daño al perro. -El padre Hart buscó afanosamente las palabras que pudieran explicar esta afirmación tajante-. Era un perro de granja y formaba parte de la familia desde que Roberta tenía cinco años. Estaba jubilado, desde luego, y un poco ciego, pero uno no despacha a esa clase de perros. Todo el mundo en la aldea conocía a Bigotes. Era un poco la mascota de todos nosotros. Por las tardes iba a casa de Nigel Parrish, en el campo, y se tendía al sol mientras Nigel tocaba el órgano (es el organista de nuestra iglesia, ¿saben?). A veces iba a pasar el rato con Olivia.
– Se llevaba bien con el perro, ¿verdad? -preguntó Webberly, perfectamente serio.
– ¡Ya lo creo! -exclamó sonriente el padre Hart-. Bigotes se llevaba bien con todos nosotros. Y seguía a Roberta a todas partes. Por esta razón, como pueden comprender, cuando llevaron detenida a Roberta, pensé que tenía que hacer algo. Y aquí estoy.
– Sí, en efecto, aquí está usted -concluyó Webberly-. Nos ha sido usted muy útil, padre. Creo que el inspector Lynley y la sargento Havers tienen toda la información que necesitan por el momento. -Se puso en pie y abrió la puerta del despacho-. ¿Harriman?
Cesó el tecleo, como de alfabeto Morse, del ordenador. Las patas de una silla chirriaron contra el suelo, y la secretaria de Webberly entró en la estancia.
Dorothea Harriman se parecía un poco a la princesa de Gales, cosa que ella recalcaba hasta un grado desconcertante, tiñéndose el pelo moldeado con el color aproximado de la luz del sol sobre el trigo maduro y negándose a ponerse gafas en presencia de cualquiera presumiblemente capaz de comentar la forma spenceriana de su nariz y su barbilla.
