Estaba deseosa de ascender, de progresar lo máximo posible en su carrera. Era lo bastante inteligente para hacer un buen trabajo y probablemente conseguiría promocionarse, sobre todo si lograba renunciar a su molesta manera de vestir, a la que todo el mundo se refería como “parodia de la princesa”. Aquel día llevaba una especie de vestido de baile rosa, cuya falda había acortado para el uso cotidiano. Era horrible.

– A sus órdenes, inspector jefe -dijo la secretaria, que, a pesar de las amenazas e imprecaciones, insistía en llamar a todos los funcionarios del Yard por el nombre completo de su cargo.

Webberly se volvió hacia el sacerdote.

– ¿Se quedará usted en Londres o regresará a Yorkshire?

– Volveré en el último tren. Como no podía estar presente esta tarde para oír las confesiones, prometí que las oiría hasta las once de la noche.

– Naturalmente -asintió Webberly-. Pida un taxi para el padre Hart -le dijo a Harriman.

– Oh, pero no tengo bastante…

Webberly le interrumpió alzando una mano.

– Corre de cuenta del Yard, padre.

El Yard. El sacerdote masculló estas palabras, complacido porque implicaban hermandad y aceptación. Siguió entonces a la secretaria del inspector jefe hasta la salida.

– ¿Qué toma usted cuando bebe, sargento Havers? -preguntó Webberly cuando el sacerdote ya se había ido.

– Agua tónica, señor -replicó ella.

– Muy bien -musitó el inspector, y abrió la puerta de nuevo-. Harriman -vociferó-. Traiga una botella de Schweppes para la sargento Havers. No diga que no tiene la menor idea de dónde conseguirla. Encuéntrela.

Cerró la puerta, se acercó al armario y sacó la botella de whisky.



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