Eran paquistaníes, y aunque hablaban en inglés, su acento impedía al padre Hart entender una sola palabra de lo que decían. Esto le llenó de temor. ¿Qué hacía allí, en la capital de la nación, cuyos habitantes eran extranjeros inmigrantes que le miraban de un modo turbio y hostil? ¿Qué insignificante bien esperaba hacer allí? ¿Qué era aquella tontería? ¿Quién habría creído jamás…?

– ¿Necesita ayuda, padre?

Finalmente el padre Hart avanzó con decisión.

– No, gracias, estoy bien.

Bajó los escalones, notó el andén de cemento bajo los pies, oyó el reclamo de las palomas en lo alto del techo abovedado de la estación. Echó a andar por el andén hacia la salida y la calle Euston.

Volvió a oír la voz del mozo a sus espaldas.

– ¿No le espera nadie? ¿Sabe dónde está? ¿Adónde va ahora?

El sacerdote enderezó los hombros y saludó al mozo agitando la mano.

– Voy a Scotland Yard -respondió con voz firme.


La estación de St. Pancras, al otro lado de la calle, frente a King’s Cross, era hasta tal punto la antítesis arquitectónica de ésta que el Padre Hart permaneció inmóvil unos instantes, contemplando la magnificencia de su estilo neogótico. El estrépito del tráfico en la calle Euston y los eructos malolientes de dos camiones a diesel que pasaban muy cerca del bordillo, desaparecieron de su campo sensorial.

Era un entusiasta de la arquitectura, y aquel edificio en concreto era un ejemplo de locura arquitectónica.

– Cielo santo, esto es maravilloso -musitó, ladeando la cabeza para poder ver mejor las cumbres y los valles de la estación-. Un poco de limpieza y sería todo un palacio.

Miró distraído a su alrededor, como si se dispusiera a detener al primer transeúnte que pasara por su lado para sermonearle sobre los males que los humos de innumerables calefacciones habían ocasionado al viejo edificio. ¿Quién habrá sido el que…?



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