Lynley se frotó la frente y se apretó con fuerza las sienes.

– Qué dolor de cabeza -murmuró-. ¿Alguno de ustedes tiene una aspirina?

– Yo tengo -se apresuró a decir Havers, y hurgó en su bolso hasta dar con un tubo pequeño, que hizo rodar sobre la mesa en dirección a Lynley-. Tome todas las que quiera, inspector.

Webberly los miraba a los dos, pensativo, preguntándose una vez más si la asociación de dos personalidades tan dispares podría tener alguna posibilidad de éxito. Havers era como un erizo, y formaba una bola protectora erizada de púas a la menor provocación. Pero por debajo de aquel exterior punzante había una mente penetrante, indagadora. Lo que estaba por ver era si Thomas Lynley tenía la combinación apropiada de paciencia y simpatía para que aquella mente se impusiera a la personalidad pendenciera que había impedido a Havers tener éxito en su asociación con cualquier otra persona.

– Siento haberte hecho abandonar la boda, Lynley, pero no tenía otra alternativa. Esta es la segunda reyerta que tienen Nies y Kerridge en el norte. La primera fue un desastre: Nies tuvo razón desde el principio y se produjo una crisis. Pensé -pasó un dedo por el borde de su vaso y eligió las palabras con cuidado- que tu presencia podría recordarle a Nies que a veces puede equivocarse

Webberly escrutó al hombre más joven, esperando alguna reacción -una tensión de los músculos, un movimiento de cabeza, un parpadeo-, pero nada en su actitud reveló lo que sentía. No era ningún secreto entre sus superiores en el Yare que el único encuentro de Lynley con Nies casi cinco años atrás, en Richmond, había terminado con su propio arresto. Y por prematuro y, en última instancia, falso que hubiera sido el arresto, era la única mancha negra en una hoja de servicios por lo demás admirable, algo que no podría olvidar durante el resto de su vida.

– Está bien, señor -replicó Lynley-. Lo comprendo.



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