Unos golpecitos en la puerta anunciaron que la señorita Harriman había podido encontrar el agua tónica, que colocó con expresión triunfante en la mesa, ante la sargento Havers. Entonces consultó su reloj. Eran casi las seis.

– Como ésta no es una jornada laboral programada normalmente, inspector jefe… -empezó a decir.

– Sí, sí, puede irse a casa -replicó Webberly, agitando una mano.

– No, no se trata de eso -dijo Harriman suavemente-, pero creo que en el artículo sesenta y cinco A relativo al tiempo compensatorio…

– Tómese libre el lunes y le parto un brazo, Harriman -dijo Webberly con la misma suavidad-. No cuando estamos metidos de lleno en ese caso del Destripador.

– No pensaba hacer tal cosa, señor. Sólo quería saber si podría anotarlo en el registro. El artículo sesenta y cinco A indica que…

– Anótelo donde le parezca, Harriman.

Ella esbozó una sonrisa de comprensión.

– A sus órdenes, inspector jefe -dijo la mujer, y salió del despacho.

– ¿Te ha hecho un guiño esa arpía antes de salir, Lynley? -preguntó Webberly.

– No me he dado cuenta, señor.


Eran las ocho y media cuando empezaron a recoger los papeles que cubrían la mesa de trabajo de Webberly. Había oscurecido y la luz de los fluorescentes resaltaba el jovial desorden de la habitación, la cual estaba peor que antes, con los archivos adicionales del Departamento del Norte extendidos sobre la mesa y una nube acre de tabaco que, en conjunción con los aromas mezclados del whisky y el jerez, le daba a uno la impresión de hallarse en un desaseado club de caballeros.

Barbara reparó en la expresión de profundo cansancio que tenía el rostro de Lynley y juzgó que la aspirina no le había servido de nada. El inspector se había acercado a la pared de la que colgaban las fotografías del Destripador y las inspeccionaba una tras otra. Mientras miraba puso una mano sobre una de ellas -era la de la víctima de King’s Cross, observó innecesariamente la sargento- y pasó un dedo por la tosca incisión que había practicado el cuchillo del Destripador.



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