De repente, una furgoneta policial bajó por Caledonian Road y pasó aullando por el cruce con la calle Euston. El chillido de la sirena devolvió al sacerdote a la realidad, y se estremeció mentalmente, en parte por irritación, pero, sobre todo, por temor. Ahora no pasaba un solo día sin que su mente divagara, y eso, sin duda, auguraba el fin. Tragó saliva, y con ella el terror que era como un cuerpo extraño atascado en su garganta, y buscó nueva determinación. Se fijó en los grandes titulares del periódico matutino, y se acercó con curiosidad:


“¡EL DESTRIPADOR ATACA EN LA ESTACION DE VAUXHALL!”


¡El Destripador! Retrocedió un paso, miró a su alrededor y luego se adelantó de nuevo y leyó rápidamente un párrafo, de un modo superficial, temiendo que una lectura atenta revelara un interés por los temas morbosos impropio de un religioso. Sólo se fijó en algunas palabras sueltas, no en ninguna frase. Acuchillados… cuerpos semidesnudos… arterias… cortadas… víctimas masculinas…

Con un escalofrío, se llevó los dedos a la garganta y consideró lo vulnerable que era. Ni siquiera un alzacuello serviría de protección contra el cuchillo de un asesino, que buscaría el lugar idóneo donde hundirlo. La idea era aterradora. Se apartó del kiosco tambaleándose y, por suerte, vio el indicativo del metro a unos pasos de distancia. Eso le refrescó la memoria.

Buscó en su bolsillo el mapa de los transportes urbanos y examinó minuciosamente su arrugada superficie. Se dijo que debía usar la línea de circunvalación hasta St. James’s Park. Y añadió con más convicción: “Eso es: la línea de circunvalación hasta St. James’s Park”.

Repitió la frase como si fuera un canto gregoriano, mientras bajaba la escalera. Mantuvo el metro y el ritmo hasta la ventanilla y luego siguió repitiéndola hasta apretujarse en un vagón del ferrocarril subterráneo. Miró a los demás pasajeros, vio a dos ancianas que le miraban con avidez evidente e inclinó la cabeza, a modo de disculpa.



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