– Es tan confuso -explicó, con una tímida sonrisa amistosa-. Le hacen dar a uno tantas vueltas…

– De todas clases, Pammy, tal como te digo -dijo a su compañera la menos vieja de las dos mujeres, y dirigió al clérigo una mirada experimentada y glacial de desprecio-. Tengo entendido que usa todo tipo de disfraces.

Sin apartar sus ojos acuosos del confundido sacerdote, ayudó a levantarse a su marchita amiga, aferró el poste junto a la puerta y él gritó que bajarían en la próxima estación.

El padre Hart contempló su partida con resignación. Pensó que no tenían ninguna culpa. Uno no podía confiar jamás, ni una sola vez, de veras. Y eso era lo que había venido a decir en Londres: que no era la verdad, sino que sólo lo parecía. Un cuerpo, una muchacha y un hacha ensangrentada. Pero eso no era la verdad. El tenía que convencerles y. ¡Oh, señor, estaba tan poco dotado para ello!

Pero Dios estaba de su lado, y a ese pensamiento se aferraba. Lo que estoy haciendo es correcto, es correcto, es correcto… Este nuevo canto sustituyó al anterior hasta que llegó a las puertas de Scotland Yard.


– Que me aspen si no tenemos entre manos otra confrontación entre Kerridge y Nies -concluyó el inspector Malcolm Webberly. Hizo una pausa para encender el grueso cigarro que extendió de inmediato por la sala una desagradable capa de humo.

– Por Dios, Malcolm, abre una ventana si insistes en fumar esa porquería – dijo su compañero.

Como inspector jefe, sir David Hilliers era el superior de Webberly, pero le gustaba dejar que sus hombres dirigieran sus secciones individuales a su manera. A él nunca se le hubiera ocurrido lanzar semejante ataque olfativo tan poco tiempo antes de una entrevista, pero los métodos de Malcolm eran distintos de los suyos y nunca se habían revelado ineficaces. Cambió su silla de sitio para librarse en lo posible de la humareda, aunque así tenía ante sus ojos la peor parte de la oficina.



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