
Hillier se hacía cruces de la eficacia con que Malcolm dirigía su departamento, habida cuenta de su tendencia al caos. Todas las superficies disponibles estaban abarrotadas de archivadores, fotografías, informes y libros. Por todas partes había tazas de café vacías y ceniceros rebosantes de colillas, y en un estante alto desentonaban unos viejos zapatos deportivos. La habitación tenía el aspecto y el olor que Webberly se había propuesto darle, igual que el tugurio desordenado de un estudiante, atestado, amigable y maloliente. Sólo faltaba una cama sin hacer. Era la clase de lugar que facilita las largas reuniones y la conversación, que fomenta la camaradería entre hombres que trabajan necesariamente en equipo. Hillier consideraba a Malcolm un tipo listo, cuatro o cinco veces más astuto de lo que dejaban adivinar su aspecto ordinario, sus hombros caídos y su obesidad.
Webberly se levantó y se acercó a la ventana, con cuyo cierre estuvo forcejeando hasta que logró abrirlo.
– Perdona, David. Siempre lo olvido. -Volvió a sentarse ante su mesa, paseó una mirada melancólica por los papeles y demás objetos que la cubrían, y dijo:
– Esto es precisamente lo que no necesitaba ahora.
Se pasó una mano por el escaso cabello, en otro tiempo rubio rojizo, pero ahora casi todo gris.
– ¿Problemas en casa?-le preguntó Hilliers cautamente, con la mirada fija en su anillo de oro. La pregunta era embarazosa par ambos, porque eran cuñados, hecho que desconocía la mayoría de sus colegas en el Yard y del que los dos hombres no solían hablar.
Su relación era uno de esos caprichos del destino que une a dos hombres de distintos modos de los cuales prefieren no hablar entre ellos. La carrera de Hillier había sido un reflejo de su matrimonio: tanto en la una como en el otro había tenido éxito, y eran profundamente satisfactorios.
