El magniluct era un material con aspecto del cristal azul común, pero en realidad se trataba de una compleja modalidad de amplificador cuántico que actuaba como una cámara para baja luminosidad, aunque sin las complejidades electrónicas de esta última. Las gafas con lentes de magniluct permitían ver claramente de noche, dando al usuario la impresión de que el paisaje circundante estaba iluminado por reflectores azules. Las aplicaciones militares, como la utilización de gafas de magniluct en combates nocturnos, fueron lo primero — y rindieron a los inventores-fabricantes generosos dividendos—, pero además un astuto equipo publicitario promovió el nuevo material en muchos otros campos. Mineros, empleados de laboratorios fotográficos, espeleólogos, serenos, policías, acomodadores, taxistas y maquinistas de ferrocarril: cualquiera que tuviera que trabajar en la oscuridad era un cliente potencial. A quienes trabajaban en los observatorios astronómicos las gafas de magniluct les resultaron particularmente útiles; así equipados, podían realizar sus tareas de modo eficaz sin bañar en una luz molesta a colegas e instrumentos.

También se atuvo a la tradición clásica de los hallazgos científicos el hecho de que fue un astrónomo aficionado, instalado en una cúpula casera de Carolina del Norte, el que vio por primera vez el planeta errante cuando se aproximaba al sol.

Clyde Thornton era un buen astrónomo, no en la acepción moderna del término, que habría implicado un conocimiento cabal de matemáticas o física estelar, sino en el sentido de que le gustaba escrutar el cielo y allá arriba se orientaba mejor que en el distrito de Asherville donde se había criado. Además, podía localizar cada instrumento de su pequeño observatorio en la más negra oscuridad, y por lo tanto la semana anterior había comprado su par de gafas de magniluct más por curiosidad que por necesidades prácticas. Thornton amaba y apreciaba las novedades técnicas, y le intrigaba la idea de una transparencia inerte que transformaba la noche en día.



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