Había orientado el telescopio para fotografiar una nebulosa en una exposición de treinta minutos y se paseaba con aire satisfecho, usando las gafas nuevas, mientras la placa absorbía una luz que había iniciado el viaje hacia la Tierra antes que los ancestros del hombre hubieran descubierto el uso del garrote. Un impulso instintivo le incitó a examinar el visor auxiliar para cerciorarse de que el instrumento principal seguía el objetivo con exactitud, y por una distracción momentánea lo hizo sin quitarse las gafas.

Thornton era un sesentón modesto y apacible, exento de ambiciones comerciales, pero como todo callado observador del cielo, apetecía la discreta inmortalidad concedida a los descubridores de estrellas y planetas nuevos. El desconcierto le cortó la respiración por un momento cuando vio el objeto de primera magnitud posado en el hilo horizontal del visor, como un diamante que no tenía ningún derecho a estar allí. Thornton observó largo rato la mota brillante, para asegurarse de que no fuera un satélite fabricado por el hombre, y luego reparó en una molesta bruma azul que le obstaculizaba la visión. Trató de frotarse el ojo y sus nudillos tropezaron con el marco de las gafas de magniluct. Murmurando con impaciencia, arrojó las gafas a un lado y miró de nuevo el visor.

El objeto brillante había desaparecido.

El peso de una decepción insoportable aplastó a Thornton mientras controlaba las lustrosas piezas del telescopio para asegurarse de que no había alterado accidentalmente la dirección. Estaba tal como él lo había apuntado, salvo por un ínfimo deslizamiento del regulador automático. Incapaz de renunciar a la esperanza, separó la cámara del telescopio principal, insertó un ocular de poca potencia y miró a través de él. La nebulosa que había estado fotografiando estaba en el centro del campo visual — otra prueba de que el telescopio no se había desviado— y no había indicios del Planeta de Thornton, como más tarde se designaría al objeto en los catálogos.



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