
Thornton aflojó los hombros mientras, sentado en las sombras, rumiaba sobre su necedad. Se había dejado arrastrar por el entusiasmo, igual que tantos astrónomos, despistado por un reflejo errático en el equipo. La brisa nocturna que susurraba a través de la abertura de la cúpula pareció de pronto más fría, y Thornton recordó que ya eran más de las dos de la mañana, hora de que un hombre de su edad se acostara a dormir bajo mantas calientes. Buscó las gafas de magniluct, se las puso y — en el resplandor azul que parecían crear— empezó a recoger libretas y lápices.
Fue un capricho, una breve negativa a aceptar los dictados del sentido común lo que le impulsó a volver al telescopio. Sin quitarse las gafas, apoyó el ojo en el visor. La nueva estrella titilaba como antes en el hilo horizontal.
Thornton permaneció un minuto entero acuclillado ante el visor, mirando alternativamente con y sin gafas, antes de aceptar del todo el fenómeno de un astro que sólo podía verse a través de una pantalla de magniluct. Se quitó las gafas y las sostuvo con los dedos trémulos, palpando las letras de la marca — AMPLITE— inscrita en relieve en el armazón de plástico, luego sintió la necesidad de echar un vistazo diferente y más detallado a su descubrimiento. Se encaramó en el taburete bajo y miró a través del ocular del gran refractor. Había una inevitable imprecisión producida por la transparencia del magniluct, pero el objeto se veía con claridad y tenía exactamente el mismo aspecto que en el visor de poca potencia. Por raro que parezca, no resplandecía más.
Thornton arrugó el ceño cuando consideró las implicaciones de lo que veía. Había supuesto que el objeto aparecería mucho más brillante a causa de la magnificación de la luz en la lente de veinte centímetros del telescopio principal. El hecho de que el objeto fuera exactamente igual significaba — la mente de Thornton forcejeó con los datos poco familiares— que no emitía ninguna luz, que estaba viendo por medio de algún otro tipo de radiación detectada por sus gafas Amplite.
