
Ansioso de hacer una nueva comprobación, se incorporó trabajosamente, rodeó la instalación del telescopio y salió de la cúpula al blando césped del jardín trasero. La noche invernal le apuñalaba la ropa con dagas de cristal negro. Alzó los ojos al cielo y, sin más instrumento que las gafas, buscó la región que le interesaba. Coma Berenices era una constelación insignificante, pero Thornton la conocía bien desde la niñez y de inmediato vio la gema recién adquirida enredada en los cabellos de la doncella. Cuando se quitó las gafas el nuevo astro desapareció.
En ese punto Thornton hizo algo muy poco característico de él: corrió hacia la casa a toda velocidad, sin preocuparse por la posibilidad de una torcedura de tobillo, decidido a llegar al teléfono sin perder un segundo. Muchos miles de personas en el mundo poseían gafas de magniluct. En cualquier momento alguien podría mirar al cielo y reparar en esa presencia nueva y desconocida en el espacio… Y Thornton ansiaba fervorosamente que la bautizaran con su nombre.
Los últimos minutos habían sido los más excitantes en sus cuarenta años de astrónomo aficionado, pero la noche le reservaba otra sorpresa más. En la casa totalmente a oscuras prefirió ponerse las gafas en vez de encender la luz, y se dirigió al teléfono del vestíbulo. Recogió el aparato y tecleó el número de un viejo amigo, Matt Collins, que era profesor de astronomía en la Universidad de Carolina del Norte. Y mientras esperaba la comunicación, alzó los ojos en un acto reflejo que le orientó la mirada aproximadamente hacia la misma dirección adonde él había orientado el telescopio.
Allí, reluciente como un diamante azul, estaba su estrella especial, visible con tanta claridad como si la parte superior de la casa, con sus vigas y tejas, no fuera más sustancial que las sombras. Mientras usara las gafas de magniluct vería nítidamente el nuevo astro brillando con un resplandor no opacado por la materia sólida.
