
El doctor Boyce Ambrose hacía lo posible por salvar un mal día. Se había despertado temprano por la mañana con una sombría sensación de fracaso, como a veces sucedía. Un aspecto molesto de estas depresiones era que no había modo de preverlas; o siquiera de saber qué las provocaba. La mayor parte de los días se sentía razonablemente satisfecho con su puesto de director del planetario Karlsen, con el soberbio y flamante instrumental y las constantes visitas, a veces personajes eminentes, a veces muchachas atractivas y ansiosas de oír cuanto él sabía acerca del cielo, hasta el punto de animarle a continuar con sus peroratas hasta el desayuno de la mañana siguiente. La mayor parte de los días disfrutaba de la rutina vagamente administrativa, de las frecuentes oportunidades que le brindaban los portavoces locales de pontificar acerca de cada acontecimiento que tuviera lugar entre los límites de la estratosfera y los extremos del universo observable, de la ronda de funciones sociales y cócteles donde era raro que las cámaras no registraran su presencia mientras Ambrose se dedicaba a ser alto, joven, guapo, culto y rico.
De vez en cuando, sin embargo, venían esos otros días en los que se veía como la más despreciable de las criaturas: el astrónomo oportunista. Eran los días en que recordaba que el título se lo había otorgado una universidad famosa por su susceptibilidad a las contribuciones financieras privadas, que la tesis de grado la había preparado con la ayuda de dos 'secretarios personales’ económicamente pobres pero científicamente calificados, que su puesto en el planetario había estado al alcance de cualquiera cuya familia estuviese dispuesta a invertir la mayor cantidad de dinero para la compra del equipo de proyección. En su primera juventud había decidido demostrar que podía hacer carrera sin necesidad de la fortuna de los Ambrose, pero luego había descubierto que le faltaba la voluntad necesaria.
