De vez en cuando pensaba que si hubiera sido pobre le habría resultado más fácil tolerar las largas horas de estudio solitario; su desventaja consistía en la posibilidad de costearse cualquier distracción. En esas circunstancias, lo más lógico era contrarrestar los efectos del dinero en su carrera académica con el dinero mismo, usándolo para comprar las cosas que le había impedido conquistar.

Ambrose podía vivir feliz con esta racionalización implantada bajo la piel, salvo en los malos días en que, por ejemplo, un vistazo incauto a una publicación científica le enfrentaba con ecuaciones que se suponía debía comprender. En esas ocasiones, a menudo decidía elevar su labor en el planetario a un nuevo nivel de eficiencia y creatividad, y por eso había viajado tres horas para ver personalmente a Matt Collins en vez de limitarse a llamarle por televideo.

— No soy experto en este asunto — le dijo Collins mientras bebían café en el confortable despacho color tostado del profesor—. Que Thornton y yo fuéramos amigos y él me llamara a mí fue pura coincidencia. En realidad, dudo que exista alguien que pueda denominarse experto en el Planeta de Thornton.

— El Planeta de Thornton — repitió Ambrose con un retortijón de envidia por el oscuro aficionado cuyo nombre figuraría en la historia de la astronomía simplemente porque no tenía mejor ocupación que pasar las noches en un cobertizo de hojalata en el fondo de su casa—. ¿Se sabe a ciencia cierta si es un planeta?

Collins meneó su macizo rostro.

— En verdad no… La palabra no tiene mucha relevancia en este caso. Ahora que ha empezado a revelar una forma esférica pudimos calcularle el diámetro en unos doce mil kilómetros, que sin duda es un tamaño planetario. Pero por lo que sabemos, en su propio marco de referencia podría ser una estrella enana, o un cometa, o… cualquier cosa.



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